DOMINGO 3 – TIEMPO ORDINARIO

PROFETA

(Lc 1,1-4; 4,14-21)

José Antonio Pagola

En una aldea perdida de Galilea, llamada Nazaret, los vecinos del pueblo se reúnen en la sinagoga una mañana de sábado para escuchar la Palabra de Dios. Después de algunos años vividos buscando a Dios en el desierto, Jesús vuelve al pueblo en el que ha crecido.

La escena es de gran importancia para conocer a Jesús y entender bien su misión. Según el relato de Lucas, en esta aldea casi desconocida por todos, va a hacer Jesús su presentación como Profeta de Dios y va a exponer su programa aplicándose a sí mismo un texto del profeta Isaías.

Después de leer el texto, Jesús lo comenta con una sola frase: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Según Lucas, la gente «tenía los ojos clavados él». La atención de todos pasa del texto leído a la persona de Jesús. ¿Qué es lo que nosotros podemos descubrir hoy si fijamos nuestros ojos en él?

Jesús actúa movido por el Espíritu de Dios. La vida entera de Jesús está impulsada, conducida y orientada por el aliento, la fuerza y el amor de Dios. Creer en la divinidad de Jesús no es confesar teóricamente una fórmula dogmática elaborada por los concilios. Es ir descubriendo de manera concreta en sus palabras y en sus gestos, en su ternura y en su fuego, el Misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios».

Jesús es Profeta de Dios. No ha sido ungido con aceite de oliva como se ungía a los reyes para transmitirles el poder de gobierno o a los sumos sacerdotes para investirlos de poder sacro. Ha sido «ungido» por el Espíritu de Dios. No viene a gobernar ni a regir. Es profeta de Dios dedicado a liberar la vida. Solo lo podremos seguir si aprendemos a vivir con su espíritu profético.

Jesús es Buena Noticia para los pobres. Su actuación es Buena Noticia para la clase social más marginada y desvalida: los más necesitados de oír algo bueno; los humillados y olvidados por todos. Nos empezamos a parecer a Jesús cuando nuestra vida, nuestra actuación y amor solidario puede ser captado por los pobres como algo bueno.

Jesús vive dedicado a liberar. Entregado a liberar al ser humano de toda clase de esclavitudes. La gente lo siente como liberador de sufrimientos, opresiones y abusos; los ciegos lo ven como luz que libera del sinsentido y la desesperanza; los pecadores lo reciben como gracia y perdón. Seguimos a Jesús cuando nos va liberando de todo lo que nos esclaviza, empequeñece o deshumaniza. Entonces creemos en él como Salvador que nos encamina hacia la Vida definitiva.

 

Reavivar la oración

Hay un hecho muy frecuente entre nosotros. La fe de no pocos está como estancada. Viven una vida cristiana descuidada que no cambia desde hace muchos años. Su oración es rutinaria. Ya no alienta ni transforma su vida.

Hay personas que «aguantan» toda su vida esa mediocridad: rezan sin hablar con Dios, comulgan sin comulgar con Cristo, oyen la lectura del evangelio sin escuchar la Buena Noticia de Jesús, rezan el padrenuestro sin sentir a Dios como Padre y a los demás como hermanos.

Llega un momento en que no pocos terminan pensando que eso es ser cristiano, en eso consiste la religión. No te hace crecer, ni vivir, ni gozar. No te ayuda a amar, crear o comprometerte, pero «no hace daño».

Estas personas siguen rezando padrenuestros y avemarías. Su oración está hecha de fórmulas repetidas de forma distraída. ¿No tienen estas personas derecho a encontrarse con Dios de manera más viva, cálida y gozosa? ¿Qué se puede hacer para purificar y reavivar esta oración que muchas veces es la oración de casi todos?